El Milagro del Rey Gaspar
(ESTE CUENTO, ORIGINAL DE JOAQUIN ARBIDE, HA SIDO PUBLICADO EN EL PROGRAMA DE LA CABALGATA DE REYES MAGOS DE HIGUERA DE LA SIERRA DEL AÑO 2010.)
EL MILAGRO DEL REY GASPAR.
Aquel niño veía pasar todos los años la cabalgata de Reyes desde la amplia ventana de su casa. La chimenea siempre estaba encendida. El médico no le dejaba salir a verla en la calle por aquello del frío. Su salud era débil.
En cierta ocasión, ya con algunos añitos, tuvo la suerte de disfrutar viendo pasar a su padre en la cabalgata encarnando al Rey Gaspar, montando un simpático y dócil burrillo. Aquello habría de impresionarle tanto que se le quedó grabado para toda su vida.
Pasó el tiempo y un día, de repente, y sin que él supiera bien el por qué, su padre no regresó más a casa. Preguntó mucho por él, pero solo recibía silencios por respuesta. Luego le contaron muchas historias.
-Se lo ha llevado el Señor para tenerlo a su lado y ser Rey Gaspar para siempre...
El niño, todos los años, esperaba la cabalgata con la ilusión de
volver a ver, otra vez, a su Rey Gaspar.
Lo sentaban, como siempre, tras los cristales de su amplio ventanal. La chimenea encendida. Su único sueño era volver a ver a su padre.
Sonaron los tambores y las trompetas y el burrillo del Rey Gaspar paró ante su ventana. Hacía tanto frío en la calle y la chimenea daba tanto calor, que los cristales estaban empañados.
-¡Mamá! Límpiame los cristales. No veo al Rey.
-Si, hijo mío.
La madre pasó la mano suavemente por los cristales y dejó ver la imagen del exterior.
El niño quedó estático. Su mirada fija. Una leve sonrisa acarició su rostro. Si. ¡Era su padre Gaspar que había vuelto a verle! Le saludó tímidamente con la mano, como lo hizo años atrás.
-¡Mamá, mamá! Mira, es papá de Rey Gaspar, que ha vuelto. ¡Que ha vuelto!
Solo se oían sus gritos inocentes, en el denso silencio de la habitación, roto por el crepitar de los leños en la chimenea.
Era verdad. Se lo había llevado el Señor para que fuera Rey Gaspar para siempre.
Al año siguiente volvió a ocurrir lo mismo. Y nunca faltaban los regalos junto a la chimenea.
El niño, mientras desenvolvía los paquetes, miraba fijamente al fuego de la chimenea, se deslumbraba, cerraba los ojos y veía surgir la imagen de su padre de entre las llamas.
Eran unos encuentros mágicos.
Otro año, cuando la cabalgata volvió a parar ante su ventana, el Rey Gaspar bajó del caballo lentamente, entró en la casa, se dirigió a él, lo abrazó, lo llenó de besos y le dejó unos maravillosos juguetes al pie de la chimenea.
Hablaron, hablaron mucho. Luego, su padre Gaspar, se marchó. Volvió a montar en su caballo y se dijeron adiós con la mano.
De nuevo, el calor de la habitación, había vuelto a empañar los cristales de la ventana.
Luego, solo quedó el crepitar de la leña en la chimenea.
Alguien terminaría contándole al niño que unos hombres malos se habían llevado a su padre. Pero él nunca supo nada más, ni quiso saber, porque estaba convencido de que su padre era el Rey Gaspar para siempre.
Pasaron muchos años. El niño creció, curó de su enfermedad, y quiso ser Rey Gaspar como su padre.
Lo consiguió. Y montó en el trono del Rey sobre una enorme y preciosa carroza, montada sobre un camión.
Cuando en aquella fría y mágica noche, llegó a la altura de su casa, allí donde de niño veía pasar la Cabalgata, le asaltó una idea inquietante. No se atrevía a mirar a la ventana desde la que había visto, otros años, pasar a su padre. Pese a todo, superó su miedo y miró.
Allí estaba, como años atrás, la amplia ventana iluminada. Al fondo, la chimenea encendida. Y, tras el cristal, como un milagro, la cara de un niño ansioso. Un niño que esperaba el regreso de su padre.
Se quedaron fijos mirándose durante un rato.
Un impulso que le aventajó en fuerzas, le permitió saludar con la mano. El niño le respondió igual y con una amplia sonrisa.
No era zona de descanso, pero Gaspar decidió bajar y, ante el asombro de todos, entró en la casa. A través de los cristales, algo empañados por el calor de la chimenea, pudo verse cómo abrazaba al niño y le dejaba los juguetes, como era tradición, junto a la chimenea.
¿Quién era aquel hombre? ¿Quién era aquel niño?
Era el milagro, el siempre incomprensible milagro de la herencia de generaciones en la Cabalgata de un pueblo mágico.
El niño, cuando volvió a estar solo, miró de nuevo fijamente a la chimenea. Entre el amarillo, el rojo y el azul de las llamas, volvió a ver de nuevo a su padre. Este le extendió los brazos y le invitó a que se acercara. Fue hasta él y se fundieron en un fuerte y largo abrazo. Por fin llegó a reunirse con su padre... Con el Rey Gaspar para toda la eternidad.
En un mundo sin odios, sin rencores. Un mundo de amor, felicidad y eterna fantasía. Un mundo de niños...
¿Cuántos niños han visto pasar a sus padres en la cabalgata? ¿Cuántos niños seguirán viéndolos pasar aunque ellos ya no estén?
Queridos amigos:
Con estas humildes líneas, solo he querido rendir homenaje a los hombres, mujeres y niños, que hacen posible que todos los años se reproduzca el maravilloso milagro de la Cabalgata de Reyes de Higuera de la Sierra.
JOAQUIN ARBIDE.
Escritor y periodista.